lunes, 6 de junio de 2011

La Habitación

Las primeras veces que lo mencionó no le dimos mucha importancia. Él mismo no se la daba. Pero en los últimos tiempos se lo veía bastante más concernido por el asunto. A tal punto, que en un ocasión se transformó en el tema central de nuestra charla de café. Aquella vez habló con tanta preocupación acerca de la habitación que hizo parecer cualquier otro tema irrelevante, chiquito, intrascendente.

Claro que al principio me parecía bastante ridículo. ¡Tanto alboroto por una habitación! Pero esa tarde los ojos de Jorge mostraban genuina desesperación. Había algo que realmente lo inquietaba.

- Es tan fría. No importa qué tanto calor haga afuera; ni siquiera en el resto de la casa. La habitación está siempre helada –dijo.

Todos permanecimos en silencio. No sabría explicar si porque nos quedamos pensando palabras de consuelo o si porque el asunto simplemente no nos importaba. Mario amagó a decir algo. Pero calló. Se podía ver que Jorge estaba reteniendo el llanto. Asumo que para él también era vergonzoso plantear semejante insignificancia con tanta preocupación ante nosotros. Se trataba simplemente de una habitación. Y ni siquiera era su dormitorio.

- Quizás… -quebré el silencio- Quizás se deba a la desocupación del lugar, a la falta de presencia humana.

Jorge me miró sorprendido. Recuerdo que Mario tomó su taza y bebió el último sorbo de café. Lo cual era bastante llamativo en él, dado que nunca terminaba su café. Probablemente lo hizo para excusarse por no hablar. O quizás simplemente para romper con tan tensa quietud. Jorge no me quitó sus ojos de encima por varios segundos.

Las siguientes semanas, el humor de Jorge había cambiado considerablemente. Nos contaba que había empezado a visitar la habitación con más frecuencia. Todas las mañanas, lo primero que hacía al despertar, era dirigirse a la habitación y abrir las ventanas. Incluso alguna vez nos preguntó qué color creíamos el más apropiado para pintar las paredes de la misma. Esa tarde Mario bebió dos tazas de café enteras.

Pero nuestra verdadera preocupación comenzó cuando Jorge empezó a faltar a las reuniones. ¡Y vaya que su ausencia pesaba! Fue entonces que decidimos ir a visitarlo. Usualmente, mi casa era el punto de encuentro. Pero aquella tarde de otoño hicimos la excepción.

Como era de esperarse, nos recibió con sorpresa. O incomodidad. ¿Quién sabe? De todos modos, nos hizo pasar. Colgó nuestros abrigos y se dispuso a preparar el café. Se disculpó por haberse ausentado las últimas veces. Con gran entusiasmo nos contó en qué había estado ocupando su tiempo. Al parecer estaba leyendo mucho. Pasaba tardes enteras recostado en el piso alfombrado de la habitación.

- A veces puedo pasar horas y horas observando el polvo flotar por el aire. Hasta que el sol se esconde.

No lo había notado tan alegre desde hacía mucho tiempo. Hablaba de esa habitación con tanta pasión que al escuchar sus relatos comencé a sentir una gran intriga por conocerla. Pero Jorge nunca lo sugirió. Ni esa tarde ni nunca.

Aquella fue la última vez que lo vimos. Su buen vecino, Antonio, nos comentó en una oportunidad que no había visto a Jorge salir nunca más de su casa. Que una noche, su mujer Susana, lo despertó sobresaltada por ruidos que provenían de su casa.

- Parece que movió todos los muebles de su dormitorio a la habitación –se animó a suponer el hombre.

La Habitación”. Porque ya era merecedora de mayúsculas.

Meses después del fallecimiento de Jorge, supimos por Antonio –a quien recibía con frecuencia en su casa- que La Habitación nunca había llegado a aclimatarse. Que siempre permaneció fría a pesar de los intentos de Jorge.

- La última vez que estuve ahí, tuve la sensación de que estaba más fría que nunca. Pero él se acostumbró. Él no tenía frío. Estaba bien…

Esa tarde Mario no se terminó su taza de café.

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