lunes, 27 de agosto de 2012

Viaje en el tiempo

Si pudiera viajar en el tiempo, volvería a la cocina de mi casa aquella tarde invernal de domingo soleado. Miraría fijo a los ojos ilusionados de ese niño rechonchón que jugaba a ser pianista en el piso de cerámica, con su pequeño órgano a pilas. Lo cargaría entre mis brazos, le besaría la frente y lo abrazaría hasta saciarlo para que veinte años más tarde no tuviera la necesidad de ir rogando cariño por la vida.

lunes, 30 de julio de 2012

Siesta de primavera

Y cada tarde, Ella dormitaba en posición fetal, cubierta por un suave acolchado de plumas y enredadas sus piernas entre sábanas blancas. Su respiración era pausada y profunda. Le gustaba dejar la ventana abierta y la cortina cerrada, permitiendo así la entrada de la brisa primaveral y tiñendo del naranja de la tela los rayos del sol de las cuatro.

No podía evitar sonreír cada vez que lo oía a Él acercarse. Sus pasos sobre el flotante marcaban un ritmo firme y constante. Su perfume inconfundible endulzaba su presencia, cada vez más tangible. Ella se estremecía de placer cuando sentía los resortes del colchón reacomodarse mientras Él se sentaba en el extremo opuesto de la cama.

Por unos segundos, cesaba el ruido, se acababa el movimiento. Ella sabía que Él la estaba mirando. A veces, osaba acariciar sus bucles castaños. A Ella le gustaba hacerse la dormida. Podría congelar ese instante y hacerlo eterno si le fuera posible. Pero todas las primaveras terminan algún día.


Milagros Betti y Mauricio Navotka para Pura Imagen ®.

domingo, 15 de julio de 2012

Un libro de vos


Voy a hacer un libro que recopile todas las frases que te dediqué. Que tenga las letras de las canciones que me hacen acordar a vos y fotos de los lugares impregnados de tu perfume. Llenaré un capítulo aparte con páginas que describan todo lo que estaba dispuesto a darte, que narren la vida que podríamos haber tenido juntos. Cuando lo termine, te voy a regalar el primer ejemplar. Te lo voy a dedicar con mi caligrafía más prolija. Te voy a llamar y te voy a citar para encontrarnos y así poder dártelo, mirándote a los ojos. Y que sólo así entiendas un poco de todo lo que significaste.

Y si no vas, te seguiré llorando a escondidas.

miércoles, 27 de junio de 2012

Recreo I

El segundo recreo, el de las cinco menos cuarto, era el favorito de la mayoría de los estudiantes del turno tarde. Quizás por el hecho de que era el más cercano al fin de la jornada, aquel que interrumpía las clases más tediosas y prometía sólo cuarenta minutos más de aburrimiento antes de la partida a nuestras casas.

Durante ese cuarto de hora, y a lo largo de los nueve meses del año lectivo, el sol parecía abrazarnos amigablemente y responder a nuestras necesidades, como un cómplice aliado ante nuestro agobio por la rutina escolar.

En invierno, sus últimos rayos antes del ocaso, rebotaban sobre el paredón blanco del edificio e iluminaban, por reflexión, todo el perímetro del patio. Los más avispados salían corriendo de las aulas apenas tocaba el timbre y ocupaban celosamente sus lugares en las baldosas más cálidas bajo el sol. En época estival, la altísima medianera escolar servía como escudo protector contra el calor y las copas de los árboles se convertían en el refugio ideal.

Para esa hora, los de quinto ya se habían ido. Era el único momento en el que nos sentíamos dueños y señores del patio de secundaria. A los futbolistas del curso ya no les quedaba energía para armarse un partidito. Reinaban la paz y la quietud.

Ella siempre estaba con el mismo grupo de amigas. Como sabía que el kiosko no abría durante el segundo recreo, compraba en el primero, el alfajor que comería más tarde. Jorgito negro. Siempre el mismo. Le encantaba pasearse de un lado al otro del patio. No importaba cuánto frío o calor hiciera, ella siempre vestía jumper con medias. Estoy seguro de que era consciente de que sus piernas eran su mejor atributo. Las sabía ostentar con sensualidad pero discretamente, con un dejo de inocencia.

Nunca lucía el mismo peinado entre un recreo y el otro. El paso por el baño lo dejaba para dos minutos antes de que el timbre anunciara el fin del receso. Siempre supuse que lo hacía para ganar unos minutos más de ocio antes de entrar al aula. Por eso, a mí me gustaba más salir al primer recreo que al segundo. Porque en el último, sólo tenía trece minutos para mirarla.

domingo, 20 de mayo de 2012

Vómito verborrágico de un domingo nostálgico.

Estoy cada vez más convencido de que no me enamoré de vos por vos. Que todo pudo haberse debido a las circunstancias dadas. Que quizás, si la luna no hubiera estado tan llena esa noche, su reflejo en el dique no habría iluminado tus ojos tal como lo estuvieron. No habría existido ese destello en tus pupilas y, entonces, tal vez, tu mirada no habría tenido tanta trascendencia, tanto peso sobre la mía.

Si aquella no hubiera sido la noche de un domingo, probablemente, mi percepción de tu presencia no habría sido la misma. Y entonces vos serías ahora parte de un recuerdo anecdótico. Efímero. Quizás el paisaje de Puerto Madero hizo lo suyo en esta idealización que de vos hice. No recuerdo qué decías. Recuerdo cómo lo decías. Y cómo mi mirada paneaba de tus ojos a tus labios. Y cuántas ganas tenía de besarte.

Fantaseo con la posibilidad de no haberte conocido.

sábado, 12 de mayo de 2012

Estado de angustia

Intentaré expresar con palabras los síntomas que el enfermo de angustia experimenta cuando padece uno de sus recurrentes ataques.

Es importante entender que, por lo general, el paciente suele presentar una cierta predisposición a la angustia. Pero también es cierto que tal tendencia en su naturaleza le es inevitable. Hay ciertos objetos, lugares, sonidos, en fin, estímulos sensoriales, que activan en su espíritu una serie de recuerdos aún frescos que se representan en su memoria de manera tan vívida que el paciente entra en una suerte de trance esquizofrénico. Estado en el que pierde toda noción espacio-temporal. De repente, el pasado es presente. Y el presente ya no existe.

Ante tales estímulos, el tiempo se dilata. Las capacidades sensoriales se reducen al mínimo. Los ojos del paciente suelen, en momentos críticos, empañarse de lágrimas, lo que afecta directamente a su visión. La audición sigue intacta, pero los sonidos reales del presente se mezclan con palabras del pasado, anulando la distancia entre ambos tiempos. El rostro se desfigura, los labios se secan. El paciente se sumerge en una profunda depresión.

La sensación es comparable con la de la borrachera o la de la ensoñación.

Los ataques pueden durar varios minutos y, una vez superados, existe la posibilidad de que el paciente experimente algunos de los síntomas por unas horas más. Con frecuencia, también olvidan parte de lo acontecido.

domingo, 6 de mayo de 2012

No cierres los ojos

En este momento, la imagen no es muy clara. No puedo garantizarte un relato que se permita demasiado detalle, pero intentaré hacer el esfuerzo. Lo primero que recuerdo, y debo decir que lo hago con muchísima nitidez, es que estábamos en un jardín de esos laberínticos que bien podría haber sido sacado del "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen. Sonaba una canción muy parecida a "Guide Me Home". El día estaba resplandeciente. Verano tibio. El reflejo del sol en las flores blancas iluminaba tu rostro de una forma tan armoniosa que resultaba imposible no enamorarse. Tu mirada nunca fue más despojada y sincera. Ese brillito inconfundible de tus ojos marrones.

No me acuerdo bien en qué momento la música fue apagándose. De repente, oscuridad absoluta. Pero tus ojos seguían ahí. Intensa la mirada. Por algún motivo, las palabras no me salían. Pero supe que entendiste mi pedido: no cierres los ojos. Por favor, no cierres los ojos. Los párpados pesan. Sé que esbozaste una sonrisa. Quedate así por siempre. No cierres los ojos, no me prives de tu mirada.

No importa cuánto insista. En algún momento lo vas a hacer. En algún momento lo hiciste.

martes, 24 de abril de 2012

Forros


Hay una especie en desarrollo dentro de la masa humana que habita el planeta Tierra. Algunos estudiosos de la materia han querido trazar patrones claros que la identifiquen, pero se les ha hecho imposible. No discriminan género, edad, clase social, nacionalidad o color. Los forros tienen la habilidad de adoptar cualquier forma y se adaptan a cuanto hábitat se los exponga.

Según cuenta la mitología, esta raza tuvo su génesis en el vientre de alguna prostituta gigante, motivo por el cual también adoptan el nombre de “hijos de una gran puta”. Se identifican por defecar sobre las pieles de sus víctimas, cagándose literalmente en el prójimo. Suelen tener una visión anatómica errada del Cosmos; ellos creen ser el "ombligo" del mundo.

Se alimentan de la humillación ajena. No tienen estómago; todo lo que colectan lo guardan directamente en su ego, cuyo tamaño varía acorde al nivel de bajeza a la que someten a sus víctimas.

Herramientas de seducción, les sobran.  Son cautelosos, trabajan en silencio y largan el veneno en el momento de mayor susceptibilidad de su víctima.

Lamentablemente, hasta el momento no se ha comprobado la existencia fehaciente de métodos preventivos que logren mantenerlos lejos. Se recomienda andar con cuidado y estar alerta. Las heridas que producen pueden ocasionar daños a largo plazo, o incluso, permanentes e irreversibles.

martes, 10 de abril de 2012

Sin herramientas

La escucho cantar con el desgarrador deseo de no perder a su amante. Su voz ronca y su acento español acompañan una melodía tan simple como despojada... Tan honesta que el mismísimo silencio se rinde ante su canto al dolor.

Este otro pinta con sorprende habilidad los trazos de una obra que no se entiende; se siente. Quien intentara traducir en palabras lo que está hecho sólo para el deleite de los ojos, se pierde la verdadera esencia de esa genuina expresión de desamparo ante la que su autor nos expone.

Son varios los que hacen de las letras un verdadero arte del sentimiento. ¡Qué difícil resumir en caracteres lo que el alma no es capaz de develarnos claramente! Y sin embargo, ellos, poderosos dioses de sus inmensos mundos, logran acceder directo a nuestras fibras más sensibles, sin el previo consentimiento de nuestro órgano represor.

Todos ellos encuentran la forma de decirles a sus enamorados lo mucho que valoran su presencia y lo costoso que les resulta imaginarse sin ellos. Yo, en cambio, no encuentro herramientas para expresar la intensidad con la que tu mirada penetró en mi pecho. No hallo la forma de escupir el sabor amargo que esa pequeña porción de vos dejó en mis labios. Sólo me queda llorar hasta que se seque mi lagrimal y se desempañen mis ojos, liberando mi mirada y dejándola a disposición de una nueva persona que cure las heridas, que imagino, permanecerán abiertas un tiempo más.

miércoles, 4 de abril de 2012

Encuentro con Franco y Nahuel I

Franco llegó tarde. Bastante tarde.

Con Nahuel lo estuvimos esperando alrededor de una hora, sentados en una de las mesas que están pegadas contra la ventana del café, desde la cual se puede observar cómo la gente, allá afuera, se apura por llegar a sus casas. Ya no quedan rastros del sol para estas horas.

"Le encanta ser el último en llegar" se animó a decirme Nahuel. Luego, bebió un sobro de su agua mineral y volvió la vista hacia la calle. Estoy seguro de que, desde la elaboración de dicha conclusión hasta su exposición verbal, han de haber pasado varios minutos. Nahuel no es de los que dicen las cosas sin pensarlas antes.

Tomé su comentario con una sonrisa cómplice: los dos creíamos conocer lo suficiente a Franco como para saber que esa afirmación era totalmente cierta. Franco mide su llegada tarde. Sabe exactamente con cuánta demora va a arribar. Disfruta que todos los estén esperando, ser el centro de atención.

Y ésta no fue la excepción. Lo vimos cruzar la calle mientras se prendía un cigarrillo. Cuando nos descubrió mirándolo, esbozó una sonrisa y levantó su mano derecha en forma de saludo. Con ese pequeño gesto, ya nos había comprado. Es seductor. Se sabe seductor.

Entró, nos saludó con un beso en la mejilla a cada uno y se sentó con pesadez. Dejó su mochila caer al suelo e hizo una mueca de cansancio.

"¿Cansado?" atiné a decir. Mi modo cordial de demostrar interés le bastó para soltar una catarata de acontecimientos que le habían ocurrido durante la jornada. No pude evitar observar un brillo en los ojos de Nahuel mientras lo oía hablar. Cada tanto, bajaba su mirada, como si le pesara mantenerla en dirección a Franco. Comenzó a comerse la uñas.

"Uy, perdón. ¿Les jode?" se interrumpió a sí mismo mientras colocaba su brazo por detrás del respaldo de la silla para evitar que el humo del cigarro invadiera nuestra mesa. Ninguno de los dos le contestó. Tampoco le interesó demasiado. Porque a Franco nunca le interesa mucho lo que le pasa al otro. Sólo finge hacerlo. Entre nosotros, no le sale muy bien, le cuesta sostenerlo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Un tal "Sr. López"

Una semana me separa del rodaje de mi próximo cortometraje.

Cada proyecto nuevo que emprendo es como empezar de cero.

La previa es agotadora. Ya creo estar capacitado para dar cátedra de las instancias anímicas por las que uno transita desde la escritura del guión hasta la noche anterior a la primera jornada de rodaje.

Primero, están las inseguridades. El preguntarse una y otra vez si he logrado construir el verosímil. Si a alguien le va a interesar lo que tengo para contar. Si mi guión es lo suficientemente sólido como para empezar a encarar el proyecto y disponerse a mover el engranaje.

Después, siguen las inseguridades. ¿Dónde pongo la cámara? ¿De qué recursos del lenguaje cinematográfico me valgo para contar lo que quiero contar? Empezar a repreguntarse cada plano que uno elige. Ver la película terminada antes de empezarla.

Una vez finalizado el guión técnico, conseguidas las locaciones, cerrado el equipo técnico y definido el elenco, la suerte está echada. El trabajo se intensifica y uno pareciera perder el control de todo. La vorágine de trabajar contrarreloj lo obliga a uno a tratar de calmarse y pensar en frío.

Y justamente creo que es ésa la llave de acceso a un resultado digno: pensar en frío. Para ampliar el punto en el que me quiero detener, es necesario retrotraerme a una anécdota vinculada a mi primer corto como director.

En 2008, estaba yo cursando el segundo año de la facultad con 19 años de edad. Tuve la suerte de que mi guión de cortometraje quedara seleccionado para ser filmado como parte de las actividades prácticas que la cátedra imponía. Me acuerdo que se trataba de Dirección III y que la docente que estaba al frente de la misma era Daniela Goggi, a quien yo secretamente le di el título de mi Maestra.

La historia era muy llana. Se trataba básicamente de un corto costumbrista cuya única hazaña consistía en hilar la vida de varios personajes a través de un billete de $5 que pasaba de mano en mano, hasta volver a su dueño original.

Uno de los personajes era un cincuentón de bajos recursos cuyo insensible jefe lo maltrataba -porque claro, para aquel entonces, mi concepción de construcción de personajes era bastante básica: los buenos deben ser muy buenos, los malos deben ser muy malos-. Cuando escribía el guión, decidí bautizarlo "Sr. López". Dotarlo de una identidad se tornaba necesario, pues, en un momento del corto, el Sr. López discutía con su jefe, quien lo mencionaba varias veces por su apellido.

Bien. El corto se grabó tal como el guión lo pautaba y el resultado final se pareció bastante a lo que se había propuesto desde un comienzo.

La materia fue aprobada y tuvimos todos la posibilidad de ver el corto proyectado en el marco del cierre del cuatrimestre. Cuando llegó la escena de la discusión entre el Sr. López y su jefe, noté que algunos de mis compañeros se echaron a reír. No parecía una risa burlona. Más bien parecían reírse de algún chiste que yo mismo, el autor del corto, no había captado, y mucho menos, planificado.

Claro, tardé en caer en la cuenta de que mi "Sr. López" lo estaba encarnando un actor de origen ruso que nada tenía de español, y mucho menos, de argentino. La errónea decisión de conservar el nombre que había elegido para mi personaje, incluso después del casting y la posterior incorporación de Vladimir Yuravel al elenco, había quebrado por completo el verosímil que se venía planteando.

Y esas cosas ocurren cuando uno no pone en práctica el ejercicio de alejarse del guión. Cuando no se tiene la capacidad de reconocer que éste sólo responde a una instancia del proceso cinematográfico, que el guión pertenece a otro lenguaje, ajeno al audiovisual y que únicamente se lo toma prestado de la literatura para usarlo como medio y no como fin.

Se pone en juego entonces la habilidad del director de poder abstraerse del caos del rodaje y tomarse unos instantes para actualizar el guión en función de los elementos reales que componen a su película. Investigar el lugar, identificar las limitaciones de sus actores, ver el plano como director y, al mismo tiempo, como espectador. En fin, hacerse cargo y tomar las decisiones pertinentes para construir un mensaje eficiente.

Ésa fue otra de las enseñanzas de mi Maestra.

Espero que no se me escape ningún "Sr. López" en esta ocasión.

martes, 20 de marzo de 2012

Un globo que se va

No sé porqué te relaciono con el cielo.

A la distancia, tu recuerdo parece flotar. Si entrecierro los ojos, puedo divisarte en el reflejo de un globo rojo que se eleva lentamente, meciéndose en el aire. En su extremo inferior, un delgado hilo blanco se deja arrastrar por el olaje del viento.

Pego un salto para intentar atraparlo y volver a tenerlo en mis manos, bajo mi control.
Aparentemente olvido que sólo se trata de tu reflejo. De una proyección tuya, de un espejismo. Nunca estuviste. Nunca fuiste vos. Siempre tu reflejo.

Salto otra vez.
No llego. Te fuiste demasiado lejos. Creo que te pierdo.

La mejor decisión es dejarte ir.

Sofía López Di Fabio

Ella es como una niña lidiando con problemas de adultos.

Conserva esa inocencia pícara, esa creatividad pura y cierta espontaneidad característica de la niñez. Es quizás demasiado sensible para este Mundo. O es este Mundo demasiado duro para ella. No lo sé.

Si se le diera la posibilidad, diseñaría su propio universo. Seguramente, elegiría el decoupage como técnica madre. Crearía árboles empapelados con rostros de divas y teñiría los ríos de colores brillantes.

Designaría para cada habitante un alma gemela. A nadie le faltaría amor. Todos tendrían con quién tomarse de la mano y salir a sacarse fotos en los más maravillosos paisajes. Reinaría la armonía.

A las cinco de la tarde, el Sol generaría una cálida luz simultáneamente en cada rincón del mundo. Sería la hora indicada para tomar el té. Y hacia la noche, una suave manta de rocío primaveral cubriría las tejas de los techos.

En el interior de las casas, cada ser humano recibiría el tierno abrazo de su par y el susurro de las palabras "te quiero" antes de ir a dormir.

Los sueños serían sueños y no pesadillas. El silencio sería tan profundo que no somos capaces ni de imaginarlo. Todos con una sonrisa. Y el último suspiro del día, sería de felicidad.

Y a pesar de lo mucho que dice molestarle que la gente "crea saber lo que piensa", me tomo la licencia de jugar a imaginarla en el rol divino y trasmitirle así lo mucho que la quiero.

domingo, 26 de febrero de 2012

Fragmentos inconexos de un todo poco acabado

Llegué con ganas de escribir. O de leer.

No lo sé.

A veces la sensación es tan parecida cuando se trata de una o de la otra. Como dar y recibir. Como amar y ser amado.

Me decidí por escribir.

Últimamente es todo tan monótono. Por momentos quisiera tener la capacidad de poder distribuir mis energías más equilibradamente. Pero no.

Si yo tuviera el vicio del cigarrillo, me estaría fumando uno en este preciso momento. Sin lugar a dudas. Pero mis vicios son otros.

Hoy me propuse salir solo a vagar por ahí. Me tentó la idea de recorrer Avenida Corrientes. ¡Vaya si esa calle me gusta!

Pero después me acordé que ya está manchada, contaminada de recuerdos.

Vos entendés de que hablo. ¿Viste cuando ciertos lugares cobran un significado diferente desde el momento en que están ligados al recuerdo de alguna otra persona? Entonces, visitarlos en soledad ya se torna angustiante. La ausencia de ese otro se hace más pesada que nunca.

Odio cuando pasa eso.

La resignificación de los lugares suele ser, a priori, bien recibida. Porque nos retrotrae a momentos gratos, a recuerdos alegres.

Pero cuando esos sentimientos ya han desaparecido, entonces sólo queda la nostalgia.

Y hoy es domingo. Estimular mi parte melancólica resulta bastante amenazante para mi estabilidad emocional.

¿Estabilidad? Como si realmente conociera ese estado.

HOY NO DEBO TRANSITAR AVENIDA CORRIENTES.

Pero no hace falta trasladarse en el espacio para hacerlo. Pues conservo algo –que excede los recuerdos, me refiero a algo material- de Avenida Corrientes en el escritorio de mi mismísima habitación. En las entrañas de mi casa.

Al lado del velador yace todavía envuelto el regalo que nunca le regalé. Se lo compré hace dos días… en una disquería de Calle Corrientes.

“¿Este cd está bien para regalárselo a alguien que se quiere introducir en el mundo del Jazz?” le pregunté al vendedor. Me respondió afirmativamente. Lo pagué, lo guardé en la mochila y no pude evitar sonreír al imaginar su expresión cuando se lo regalara al día siguiente.

Pero al día siguiente (o sea, ayer) tampoco nos vimos.

HOY NO DEBO ESCUCHAR MÚSICA JAZZ.

Basta.

No quiero que se siga adueñando de las posibilidades con las que antes contaba para sobrevivir un domingo a la noche.

jueves, 23 de febrero de 2012

"En la calma tierna de tus brazos"

"...En este incesto prorrogado, todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados".

"Momento de la afirmación; durante cierto tiempo, ha llegado a un fin, (...) algo se ha logrado: he sido colmado (todos mis deseos abolidos por la plenitud de su satisfacción): la saciedad existe, y no me daré tregua hasta hacer que se repita (...)"

Extractos del apartado de "Abrazo" de Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes.

jueves, 16 de febrero de 2012

Los niveles de amor

Niveles de amor expresados en palabras y ordenados de manera ascendiente según su intensidad.

#1 - "Te respeto".
#2 - "Te estimo".
#3 - "Te aprecio".
#4 - "Te tengo cierto cariño".
#5 - "Me gustás".
#6 - "Te quiero".
#7 - "Te quiero mucho".
#8 - "Te adoro".
#9 - "Te amo".
#10 - "..."

A partir del número 10, cualquier expresión de amor es exagerada, desmedida y sospechosamente grandilocuente.

lunes, 6 de febrero de 2012

El café, la ciudad y el flâneur postmoderno.

El banco de palabras que el ser humano poseé no varía si no es para incrementarse. El vocabulario que día a día aprehendemos se acumula en lo que podría representarse como pequeñas carpetas de archivo y se mantienen allí por siempre.

Pero claro, el paso del tiempo y el desuso de algunas de esas incorporaciones hacen que ciertas palabras se traspapelen y permanezcan ocultas, incluso, a veces, por largos períodos. Pero basta que alguna situación inesperada se suceda para que salgan a la luz nuevamente. Con sus significados intactos. Sorprendentemente vigentes.

El término francés "flâneur" -que remite a la persona que deambula por las calles de la ciudad sin un rumbo específico, a modo de paseo- lo incorporé en mis primeros años de facultad, mientras estudiaba la modernidad como corriente literaria. Debo haberlo usado en contadas ocasiones, pero fantaseé con el mismo innumerable cantidad de veces.

Hay algo tan romántico en esa idea del "no rumbo", del transitar por transitar. Dejarse perder en el espacio sin tener conciencia del tiempo. Adentrarse en la marea humana y permitir que cientos de anónimos formen parte de la vida de uno por tan sólo un instante.

Pues bien, los años pasaron y las preocupaciones de la vida adulta se llevaron algunos de esos anhelos. La concepción del "flâneur" se archivó junto con los apuntes de la facultad, destinados ambos a un futuro incierto.

Y entonces algo ocurre.

Una tarde, alguien que no conozco demasiado me espera sentado en un café sobre Avenida Corrientes, dispuesto a compartir conmigo una extensa charla. Me propone una conversación sin rumbo, cuyo motor es la simple satisfacción de transitarla. Hacia dónde vamos, no importa. Si llegamos a algún lado, mucho menos. Simplemente conversar.

Ya es de noche cuando abandonamos el recinto. Afuera nos esperan las luces de las marquesinas de los teatros, el murmullo de la multitud, la verticalidad imponente del Obelisco, algún cantante callejero... Es difícil no encandilarse ante tanto estímulo.

Seguimos conversando mientras caminamos. Pero para ese momento mi atención tiene tantos focos de interés que si hoy se me pidiera repetir las palabras que mi acompañante emitió en ese trayecto, admitiría no poder hacerlo con exactitud.

Minutos después, y tras lamentarnos por no poder fotografiar el escenario que nos rodea, la mansedumbre del Río de la Plata nos invita a relajarnos. Puerto Madero parece estar tan alejado del hiperestímulo de la Avenida que resulta trabajoso concebirlos como partes de la misma ciudad.

Ahora sí, sentados en un banco de madera, uno al lado del otro, nos permitimos abordar temas más íntimos. Seis horas nunca pasaron tan rápidamente. Los silencios ya no son incómodos: se tornan necesarios. Las palabras, accesorias.

Ya no somos dos anónimos. Empezamos a dejar de serlo.

sábado, 21 de enero de 2012

El cielo que me mira

En la terraza de un décimo piso, la noche amenaza con una tormenta inminente.

Algunos
ven
relámpagos.

Algunos
ven
estrellas
fugaces.

Hay un sólo reflector, cerca de la parrilla.
Por un accidental juego de luces, el contraste en los objetos y las personas presentes es de un ratio altísimo.

Mitad iluminados.
Mitad oscuros.

Somos todos mitades.

Por momentos, seres sociales. Obligados por el protocolo de la cultura asadera, nos hablamos, nos conocemos, compartimos historias, anécdotas.

Y a veces, nos abstraemos. Cada uno en una punta distinta. O no, todos muy juntos pero separados.

Y me pregunto qué pasaría si el centro de gravedad cambiara de lugar.
Es tan recurrente este pensamiento...

El deseo más profundo; que el centro de gravedad nunca cambie de lugar.

domingo, 15 de enero de 2012

Los más grandes pequeños momentos

Acostarme ocupando todos los asientos traseros de un automóvil, y mientras contemplo las copas de los árboles desplazarse de un lado al otro de la ventanilla, dejarme adormecer por el incesante andar del vehículo.

Los últimos rayos del sol que se cuelan por entre las rendijas de la persiana de mi habitación y que proyectan sobre las paredes de la misma, gruesas franjas horizontales que adquieren primero un color amarillo, más tarde naranja y finalmente, rosa, hasta desvanecerse en la oscuridad de la noche.

Mi cabeza sobre el regazo de esa alguna otra persona, que en silencio acepta mi pedido implícito y deja que coloque su mano entre mis rulos. Caricias que inevitablemente producen el esbozo de una sonrisa tímida en mi rostro y un beso en forma de agradecimiento.



domingo, 8 de enero de 2012

Los amores imaginarios (2010). Dir: Xavier Dolan.


-Tu vestido es un poco anacrónico.
-¿Perdón? ¡Es vintage, querido!

domingo, 1 de enero de 2012

Por una noche, tuyo

Un instante, un abrazo, una caricia.
Un pedido honesto de "quedate un rato más".
Un susurro en mi oído.

Que la cama se vaya deshaciendo lentamente.
Dejá los vasos de cerveza sobre la mesa. Que se calienten, no importa.

"¿Me das un beso?"

Hacerse el que "lo tengo que pensar" pero saber que sí quiero dártelo.
Una experiencia primeriza. Voy dejando marcas de las que después no me haré cargo.

Pero sí durante un instante.
Durante un abrazo.
Durante una caricia.