domingo, 26 de febrero de 2012

Fragmentos inconexos de un todo poco acabado

Llegué con ganas de escribir. O de leer.

No lo sé.

A veces la sensación es tan parecida cuando se trata de una o de la otra. Como dar y recibir. Como amar y ser amado.

Me decidí por escribir.

Últimamente es todo tan monótono. Por momentos quisiera tener la capacidad de poder distribuir mis energías más equilibradamente. Pero no.

Si yo tuviera el vicio del cigarrillo, me estaría fumando uno en este preciso momento. Sin lugar a dudas. Pero mis vicios son otros.

Hoy me propuse salir solo a vagar por ahí. Me tentó la idea de recorrer Avenida Corrientes. ¡Vaya si esa calle me gusta!

Pero después me acordé que ya está manchada, contaminada de recuerdos.

Vos entendés de que hablo. ¿Viste cuando ciertos lugares cobran un significado diferente desde el momento en que están ligados al recuerdo de alguna otra persona? Entonces, visitarlos en soledad ya se torna angustiante. La ausencia de ese otro se hace más pesada que nunca.

Odio cuando pasa eso.

La resignificación de los lugares suele ser, a priori, bien recibida. Porque nos retrotrae a momentos gratos, a recuerdos alegres.

Pero cuando esos sentimientos ya han desaparecido, entonces sólo queda la nostalgia.

Y hoy es domingo. Estimular mi parte melancólica resulta bastante amenazante para mi estabilidad emocional.

¿Estabilidad? Como si realmente conociera ese estado.

HOY NO DEBO TRANSITAR AVENIDA CORRIENTES.

Pero no hace falta trasladarse en el espacio para hacerlo. Pues conservo algo –que excede los recuerdos, me refiero a algo material- de Avenida Corrientes en el escritorio de mi mismísima habitación. En las entrañas de mi casa.

Al lado del velador yace todavía envuelto el regalo que nunca le regalé. Se lo compré hace dos días… en una disquería de Calle Corrientes.

“¿Este cd está bien para regalárselo a alguien que se quiere introducir en el mundo del Jazz?” le pregunté al vendedor. Me respondió afirmativamente. Lo pagué, lo guardé en la mochila y no pude evitar sonreír al imaginar su expresión cuando se lo regalara al día siguiente.

Pero al día siguiente (o sea, ayer) tampoco nos vimos.

HOY NO DEBO ESCUCHAR MÚSICA JAZZ.

Basta.

No quiero que se siga adueñando de las posibilidades con las que antes contaba para sobrevivir un domingo a la noche.

jueves, 23 de febrero de 2012

"En la calma tierna de tus brazos"

"...En este incesto prorrogado, todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados".

"Momento de la afirmación; durante cierto tiempo, ha llegado a un fin, (...) algo se ha logrado: he sido colmado (todos mis deseos abolidos por la plenitud de su satisfacción): la saciedad existe, y no me daré tregua hasta hacer que se repita (...)"

Extractos del apartado de "Abrazo" de Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes.

jueves, 16 de febrero de 2012

Los niveles de amor

Niveles de amor expresados en palabras y ordenados de manera ascendiente según su intensidad.

#1 - "Te respeto".
#2 - "Te estimo".
#3 - "Te aprecio".
#4 - "Te tengo cierto cariño".
#5 - "Me gustás".
#6 - "Te quiero".
#7 - "Te quiero mucho".
#8 - "Te adoro".
#9 - "Te amo".
#10 - "..."

A partir del número 10, cualquier expresión de amor es exagerada, desmedida y sospechosamente grandilocuente.

lunes, 6 de febrero de 2012

El café, la ciudad y el flâneur postmoderno.

El banco de palabras que el ser humano poseé no varía si no es para incrementarse. El vocabulario que día a día aprehendemos se acumula en lo que podría representarse como pequeñas carpetas de archivo y se mantienen allí por siempre.

Pero claro, el paso del tiempo y el desuso de algunas de esas incorporaciones hacen que ciertas palabras se traspapelen y permanezcan ocultas, incluso, a veces, por largos períodos. Pero basta que alguna situación inesperada se suceda para que salgan a la luz nuevamente. Con sus significados intactos. Sorprendentemente vigentes.

El término francés "flâneur" -que remite a la persona que deambula por las calles de la ciudad sin un rumbo específico, a modo de paseo- lo incorporé en mis primeros años de facultad, mientras estudiaba la modernidad como corriente literaria. Debo haberlo usado en contadas ocasiones, pero fantaseé con el mismo innumerable cantidad de veces.

Hay algo tan romántico en esa idea del "no rumbo", del transitar por transitar. Dejarse perder en el espacio sin tener conciencia del tiempo. Adentrarse en la marea humana y permitir que cientos de anónimos formen parte de la vida de uno por tan sólo un instante.

Pues bien, los años pasaron y las preocupaciones de la vida adulta se llevaron algunos de esos anhelos. La concepción del "flâneur" se archivó junto con los apuntes de la facultad, destinados ambos a un futuro incierto.

Y entonces algo ocurre.

Una tarde, alguien que no conozco demasiado me espera sentado en un café sobre Avenida Corrientes, dispuesto a compartir conmigo una extensa charla. Me propone una conversación sin rumbo, cuyo motor es la simple satisfacción de transitarla. Hacia dónde vamos, no importa. Si llegamos a algún lado, mucho menos. Simplemente conversar.

Ya es de noche cuando abandonamos el recinto. Afuera nos esperan las luces de las marquesinas de los teatros, el murmullo de la multitud, la verticalidad imponente del Obelisco, algún cantante callejero... Es difícil no encandilarse ante tanto estímulo.

Seguimos conversando mientras caminamos. Pero para ese momento mi atención tiene tantos focos de interés que si hoy se me pidiera repetir las palabras que mi acompañante emitió en ese trayecto, admitiría no poder hacerlo con exactitud.

Minutos después, y tras lamentarnos por no poder fotografiar el escenario que nos rodea, la mansedumbre del Río de la Plata nos invita a relajarnos. Puerto Madero parece estar tan alejado del hiperestímulo de la Avenida que resulta trabajoso concebirlos como partes de la misma ciudad.

Ahora sí, sentados en un banco de madera, uno al lado del otro, nos permitimos abordar temas más íntimos. Seis horas nunca pasaron tan rápidamente. Los silencios ya no son incómodos: se tornan necesarios. Las palabras, accesorias.

Ya no somos dos anónimos. Empezamos a dejar de serlo.