lunes, 6 de febrero de 2012

El café, la ciudad y el flâneur postmoderno.

El banco de palabras que el ser humano poseé no varía si no es para incrementarse. El vocabulario que día a día aprehendemos se acumula en lo que podría representarse como pequeñas carpetas de archivo y se mantienen allí por siempre.

Pero claro, el paso del tiempo y el desuso de algunas de esas incorporaciones hacen que ciertas palabras se traspapelen y permanezcan ocultas, incluso, a veces, por largos períodos. Pero basta que alguna situación inesperada se suceda para que salgan a la luz nuevamente. Con sus significados intactos. Sorprendentemente vigentes.

El término francés "flâneur" -que remite a la persona que deambula por las calles de la ciudad sin un rumbo específico, a modo de paseo- lo incorporé en mis primeros años de facultad, mientras estudiaba la modernidad como corriente literaria. Debo haberlo usado en contadas ocasiones, pero fantaseé con el mismo innumerable cantidad de veces.

Hay algo tan romántico en esa idea del "no rumbo", del transitar por transitar. Dejarse perder en el espacio sin tener conciencia del tiempo. Adentrarse en la marea humana y permitir que cientos de anónimos formen parte de la vida de uno por tan sólo un instante.

Pues bien, los años pasaron y las preocupaciones de la vida adulta se llevaron algunos de esos anhelos. La concepción del "flâneur" se archivó junto con los apuntes de la facultad, destinados ambos a un futuro incierto.

Y entonces algo ocurre.

Una tarde, alguien que no conozco demasiado me espera sentado en un café sobre Avenida Corrientes, dispuesto a compartir conmigo una extensa charla. Me propone una conversación sin rumbo, cuyo motor es la simple satisfacción de transitarla. Hacia dónde vamos, no importa. Si llegamos a algún lado, mucho menos. Simplemente conversar.

Ya es de noche cuando abandonamos el recinto. Afuera nos esperan las luces de las marquesinas de los teatros, el murmullo de la multitud, la verticalidad imponente del Obelisco, algún cantante callejero... Es difícil no encandilarse ante tanto estímulo.

Seguimos conversando mientras caminamos. Pero para ese momento mi atención tiene tantos focos de interés que si hoy se me pidiera repetir las palabras que mi acompañante emitió en ese trayecto, admitiría no poder hacerlo con exactitud.

Minutos después, y tras lamentarnos por no poder fotografiar el escenario que nos rodea, la mansedumbre del Río de la Plata nos invita a relajarnos. Puerto Madero parece estar tan alejado del hiperestímulo de la Avenida que resulta trabajoso concebirlos como partes de la misma ciudad.

Ahora sí, sentados en un banco de madera, uno al lado del otro, nos permitimos abordar temas más íntimos. Seis horas nunca pasaron tan rápidamente. Los silencios ya no son incómodos: se tornan necesarios. Las palabras, accesorias.

Ya no somos dos anónimos. Empezamos a dejar de serlo.

No hay comentarios: