miércoles, 21 de marzo de 2012

Un tal "Sr. López"

Una semana me separa del rodaje de mi próximo cortometraje.

Cada proyecto nuevo que emprendo es como empezar de cero.

La previa es agotadora. Ya creo estar capacitado para dar cátedra de las instancias anímicas por las que uno transita desde la escritura del guión hasta la noche anterior a la primera jornada de rodaje.

Primero, están las inseguridades. El preguntarse una y otra vez si he logrado construir el verosímil. Si a alguien le va a interesar lo que tengo para contar. Si mi guión es lo suficientemente sólido como para empezar a encarar el proyecto y disponerse a mover el engranaje.

Después, siguen las inseguridades. ¿Dónde pongo la cámara? ¿De qué recursos del lenguaje cinematográfico me valgo para contar lo que quiero contar? Empezar a repreguntarse cada plano que uno elige. Ver la película terminada antes de empezarla.

Una vez finalizado el guión técnico, conseguidas las locaciones, cerrado el equipo técnico y definido el elenco, la suerte está echada. El trabajo se intensifica y uno pareciera perder el control de todo. La vorágine de trabajar contrarreloj lo obliga a uno a tratar de calmarse y pensar en frío.

Y justamente creo que es ésa la llave de acceso a un resultado digno: pensar en frío. Para ampliar el punto en el que me quiero detener, es necesario retrotraerme a una anécdota vinculada a mi primer corto como director.

En 2008, estaba yo cursando el segundo año de la facultad con 19 años de edad. Tuve la suerte de que mi guión de cortometraje quedara seleccionado para ser filmado como parte de las actividades prácticas que la cátedra imponía. Me acuerdo que se trataba de Dirección III y que la docente que estaba al frente de la misma era Daniela Goggi, a quien yo secretamente le di el título de mi Maestra.

La historia era muy llana. Se trataba básicamente de un corto costumbrista cuya única hazaña consistía en hilar la vida de varios personajes a través de un billete de $5 que pasaba de mano en mano, hasta volver a su dueño original.

Uno de los personajes era un cincuentón de bajos recursos cuyo insensible jefe lo maltrataba -porque claro, para aquel entonces, mi concepción de construcción de personajes era bastante básica: los buenos deben ser muy buenos, los malos deben ser muy malos-. Cuando escribía el guión, decidí bautizarlo "Sr. López". Dotarlo de una identidad se tornaba necesario, pues, en un momento del corto, el Sr. López discutía con su jefe, quien lo mencionaba varias veces por su apellido.

Bien. El corto se grabó tal como el guión lo pautaba y el resultado final se pareció bastante a lo que se había propuesto desde un comienzo.

La materia fue aprobada y tuvimos todos la posibilidad de ver el corto proyectado en el marco del cierre del cuatrimestre. Cuando llegó la escena de la discusión entre el Sr. López y su jefe, noté que algunos de mis compañeros se echaron a reír. No parecía una risa burlona. Más bien parecían reírse de algún chiste que yo mismo, el autor del corto, no había captado, y mucho menos, planificado.

Claro, tardé en caer en la cuenta de que mi "Sr. López" lo estaba encarnando un actor de origen ruso que nada tenía de español, y mucho menos, de argentino. La errónea decisión de conservar el nombre que había elegido para mi personaje, incluso después del casting y la posterior incorporación de Vladimir Yuravel al elenco, había quebrado por completo el verosímil que se venía planteando.

Y esas cosas ocurren cuando uno no pone en práctica el ejercicio de alejarse del guión. Cuando no se tiene la capacidad de reconocer que éste sólo responde a una instancia del proceso cinematográfico, que el guión pertenece a otro lenguaje, ajeno al audiovisual y que únicamente se lo toma prestado de la literatura para usarlo como medio y no como fin.

Se pone en juego entonces la habilidad del director de poder abstraerse del caos del rodaje y tomarse unos instantes para actualizar el guión en función de los elementos reales que componen a su película. Investigar el lugar, identificar las limitaciones de sus actores, ver el plano como director y, al mismo tiempo, como espectador. En fin, hacerse cargo y tomar las decisiones pertinentes para construir un mensaje eficiente.

Ésa fue otra de las enseñanzas de mi Maestra.

Espero que no se me escape ningún "Sr. López" en esta ocasión.

martes, 20 de marzo de 2012

Un globo que se va

No sé porqué te relaciono con el cielo.

A la distancia, tu recuerdo parece flotar. Si entrecierro los ojos, puedo divisarte en el reflejo de un globo rojo que se eleva lentamente, meciéndose en el aire. En su extremo inferior, un delgado hilo blanco se deja arrastrar por el olaje del viento.

Pego un salto para intentar atraparlo y volver a tenerlo en mis manos, bajo mi control.
Aparentemente olvido que sólo se trata de tu reflejo. De una proyección tuya, de un espejismo. Nunca estuviste. Nunca fuiste vos. Siempre tu reflejo.

Salto otra vez.
No llego. Te fuiste demasiado lejos. Creo que te pierdo.

La mejor decisión es dejarte ir.

Sofía López Di Fabio

Ella es como una niña lidiando con problemas de adultos.

Conserva esa inocencia pícara, esa creatividad pura y cierta espontaneidad característica de la niñez. Es quizás demasiado sensible para este Mundo. O es este Mundo demasiado duro para ella. No lo sé.

Si se le diera la posibilidad, diseñaría su propio universo. Seguramente, elegiría el decoupage como técnica madre. Crearía árboles empapelados con rostros de divas y teñiría los ríos de colores brillantes.

Designaría para cada habitante un alma gemela. A nadie le faltaría amor. Todos tendrían con quién tomarse de la mano y salir a sacarse fotos en los más maravillosos paisajes. Reinaría la armonía.

A las cinco de la tarde, el Sol generaría una cálida luz simultáneamente en cada rincón del mundo. Sería la hora indicada para tomar el té. Y hacia la noche, una suave manta de rocío primaveral cubriría las tejas de los techos.

En el interior de las casas, cada ser humano recibiría el tierno abrazo de su par y el susurro de las palabras "te quiero" antes de ir a dormir.

Los sueños serían sueños y no pesadillas. El silencio sería tan profundo que no somos capaces ni de imaginarlo. Todos con una sonrisa. Y el último suspiro del día, sería de felicidad.

Y a pesar de lo mucho que dice molestarle que la gente "crea saber lo que piensa", me tomo la licencia de jugar a imaginarla en el rol divino y trasmitirle así lo mucho que la quiero.