miércoles, 27 de junio de 2012

Recreo I

El segundo recreo, el de las cinco menos cuarto, era el favorito de la mayoría de los estudiantes del turno tarde. Quizás por el hecho de que era el más cercano al fin de la jornada, aquel que interrumpía las clases más tediosas y prometía sólo cuarenta minutos más de aburrimiento antes de la partida a nuestras casas.

Durante ese cuarto de hora, y a lo largo de los nueve meses del año lectivo, el sol parecía abrazarnos amigablemente y responder a nuestras necesidades, como un cómplice aliado ante nuestro agobio por la rutina escolar.

En invierno, sus últimos rayos antes del ocaso, rebotaban sobre el paredón blanco del edificio e iluminaban, por reflexión, todo el perímetro del patio. Los más avispados salían corriendo de las aulas apenas tocaba el timbre y ocupaban celosamente sus lugares en las baldosas más cálidas bajo el sol. En época estival, la altísima medianera escolar servía como escudo protector contra el calor y las copas de los árboles se convertían en el refugio ideal.

Para esa hora, los de quinto ya se habían ido. Era el único momento en el que nos sentíamos dueños y señores del patio de secundaria. A los futbolistas del curso ya no les quedaba energía para armarse un partidito. Reinaban la paz y la quietud.

Ella siempre estaba con el mismo grupo de amigas. Como sabía que el kiosko no abría durante el segundo recreo, compraba en el primero, el alfajor que comería más tarde. Jorgito negro. Siempre el mismo. Le encantaba pasearse de un lado al otro del patio. No importaba cuánto frío o calor hiciera, ella siempre vestía jumper con medias. Estoy seguro de que era consciente de que sus piernas eran su mejor atributo. Las sabía ostentar con sensualidad pero discretamente, con un dejo de inocencia.

Nunca lucía el mismo peinado entre un recreo y el otro. El paso por el baño lo dejaba para dos minutos antes de que el timbre anunciara el fin del receso. Siempre supuse que lo hacía para ganar unos minutos más de ocio antes de entrar al aula. Por eso, a mí me gustaba más salir al primer recreo que al segundo. Porque en el último, sólo tenía trece minutos para mirarla.