miércoles, 24 de abril de 2013

Mi mundo en sus manos

Ubica su antiguo sillón de paja blanco bajo la sombra de algún árbol de su jardín. No es que el sol no le guste, pero su piel color papel no le permite exponerse a temperaturas demasiado altas. Recuerdo que se ponía mucho protector solar en la cara cuando salíamos a andar en bici por la ciudad. Siempre creí que la cantidad que usaba era un tanto desmedida. Pero la exageración fue siempre su especialidad. A veces, me contaba historias maravillosas. Anécdotas que incluían animales salvajes, aviones de guerra y experiencias metafísicas. Yo le creía, ¿por qué no habría de hacerlo? Su mirada era tan genuina, tan llena de vitalidad... En otoño optábamos por un café. En realidad, se contentaba con un té en hebras. La elección del sabor era una tarea que le tomaba varios minutos. En más de una ocasión, ante tal difícil decisión, preseleccionaba algunos gustos, elegía uno para tomar en el café y encargaba los otros para llevar. Entonces, me miraba y sonreía y me recomendaba algún té de los que tanto conocía. Yo me mostraba interesado. Nunca me animé a decirle que el té me gusta clásico y en saquito. Por momentos me resultaba tan infantil... Sobre todo, cuando se prendía un cigarro y me daba cátedra de alguna cosa que, secretamente, me parecía estúpida, redundante o carente de sentido. Y entonces me perdía en su forma de hablar y visitaba universos que sólo son accesibles cuando se está enamorado. Y así me refugié tardes enteras del otoño, graficándome su figura posada en un sillón de paja blanco, bajo la sombra de un árbol, con una sonrisa pícara y mi mundo en sus manos.

jueves, 4 de abril de 2013

Solos

¡Qué solos que estamos!

Y cuando nos declaro en soledad, invito a una reflexión más profunda que la del estado civil de cada uno de nosotros, o la cantidad de amigos que nos rodean. No. Solos en serio. Individuos únicos e irrepetibles. Incapaces de ser otros. Somos muchos, estamos todos juntos pero intensamente solos.

¿Hizo alguna vez usted el experimento de tratar de transmitirle a un(a) otro/a todo lo vivido a lo largo de un día? Imaginemos tal hazaña. Desde que nos levantamos al comienzo del día hasta el momento en que conciliamos el sueño -quizás, incluso, también durante el mismo-, experimentamos miles de estímulos y sensaciones. Hilamos un sinfín de pensamientos y transitamos una incontable cantidad de acontecimientos.

Probablemente, si nos lo propusiéramos, tendríamos que tomarnos un día entero para escribirlos, uno por uno, en detalle. Pero dicha empresa sería ridícula, pues, incluso durante su proceso, seguiríamos sintiendo, pensando y viviendo. No se puede dejar de ser humano aunque así nos lo propusiéramos.

Tomémonos la licencia de creerlo posible. Después de algunas largas jornadas de ardua escritura(1), estaríamos en condiciones de leerle nuestro informe a un(a) interlocutor/a X. Podríamos hacer uso de cuanto recurso paralingüístico tuviéramos a nuestro alcance para que nuestro discurso sea lo más preciso posible.

De cualquier forma, mi querido/a lector(a), nuestros intentos serían vanos. Nada de lo que pudiéramos contarle a un(a) otro/a se asemejaría siquiera, a lo experimentado en carne propia. Por lo que se llega a la conclusión de que nuestras vivencias son intransferibles. Nuestro/a interlocutor(a), por más voluntarioso/a que fuera, jamás podría dejar de ser él/ella mismo/a para ser, sentir, pensar o vivir como nosotros.

El fracaso de tan descabellado experimento es simplemente una de las tantas aristas que componen el estado de soledad que acabo de introduciros. Será que tendremos que empezar a concientizar tal condición de nuestra naturaleza humana para perderle el miedo y aceptar, finalmente, que nacimos, vivimos y moriremos completamente solos.

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(1) Hablo de "escritura" a modo de ejemplo. Es usted libre de elegir cualquier otro medio de expresión para llevar a cabo el experimento.

Yuxtaposición de palabras que intentan recuperar la percepción de una delicadeza perdida (o quizás nunca obtenida)


La delicadeza del último otoño juntos. Una piel suave y perfumada con su propio aroma. Una catarata de cabellos ondulados que descienden por la almohada y desembocan en las sábanas que compartimos esa tarde. Un suspiro apagado, el umbral entre la vigilia y el sueño.

La delicadeza de una mirada perdida mientras tomás el último sorbo de tu café con leche en alguna cafetería del centro de Buenos Aires. Que abras tu mochila y me muestres las anotaciones del poema en el que estás trabajando. ¡Que afuera llueva a cántaros! No importa.

La delicadeza de un abrazo perfecto cuando no haya más palabras que intercambiar. Silencio. Ya hablamos lo suficiente. Silencio. Escuchar la musicalidad del silencio.

La delicadeza de dos cuerpos recostados en el pasto imaginando que se pueden pisar las nubes. Ser niños por un rato. Complicidad.

Las caricias son la consecuencia de una mirada inocente.
La delicadeza, el mayor premio para las almas más sensibles.