jueves, 4 de abril de 2013

Yuxtaposición de palabras que intentan recuperar la percepción de una delicadeza perdida (o quizás nunca obtenida)


La delicadeza del último otoño juntos. Una piel suave y perfumada con su propio aroma. Una catarata de cabellos ondulados que descienden por la almohada y desembocan en las sábanas que compartimos esa tarde. Un suspiro apagado, el umbral entre la vigilia y el sueño.

La delicadeza de una mirada perdida mientras tomás el último sorbo de tu café con leche en alguna cafetería del centro de Buenos Aires. Que abras tu mochila y me muestres las anotaciones del poema en el que estás trabajando. ¡Que afuera llueva a cántaros! No importa.

La delicadeza de un abrazo perfecto cuando no haya más palabras que intercambiar. Silencio. Ya hablamos lo suficiente. Silencio. Escuchar la musicalidad del silencio.

La delicadeza de dos cuerpos recostados en el pasto imaginando que se pueden pisar las nubes. Ser niños por un rato. Complicidad.

Las caricias son la consecuencia de una mirada inocente.
La delicadeza, el mayor premio para las almas más sensibles.

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