lunes, 29 de julio de 2013

Acostados

Su pelo. Arroyo cobrizo. Rabiosa cascada que desciende por su cuello y desemboca en el pasto con la timidez de un niño que prueba la temperatura de las aguas antes de adentrarse por primera vez en ellas. La suavidad de sus cabellos se asemeja a un suspiro primaveral, al silencio del campo o al aroma inconfundible de las copas de los árboles acariciadas por una brisa vespertina. Ver sus ojos cerrados hacia el sol y sus mejillas coloradas es como andar descalzo por el aire.

Suspira con ruido a nubes.

Es el azul del cielo. Irreproducible.

Inalcanzable.

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