martes, 23 de julio de 2013

Una carta nunca enviada

M,

¿Cómo abrir una carta dirigida a alguien que no conocés en absoluto? ¿Cómo lograr mantener su atención a pesar de que el autor de la misma sea un perfecto desconocido y que, a priori, nada los une? Calculo que la respuesta a la primera pregunta sería "no con un interrogante". Mala mía. En cuanto a la segunda, por lo pronto, me reservo el derecho a no contestarla.

"Explicale quién sos y cómo llegaste a él sin quedar como un creepy" pienso. Para cuando me decido a hacerlo, veo que acabo de escribir la consiga, lo cual se supone que no debería haber ocurrido. Resigno entonces, desde ahora en adelante, todo intento de formalidad y asumo expresamente el riesgo de que para estas líneas, la carta ya sea un bollo de papel enredado entre retazos de tela en algún tacho de basura. Trágico destino.

"Deliraste. Empezá de vuelta". No. Continúo desde donde quedé. A continuación y a modo de prólogo introductorio, una puesta en contexto que, prometo, trataré de no hacer tan extensa.

Siempre fui un aficionado a las cartas manuscritas, incluso a pesar de que pertenezco a una generación que casi no tuvo la necesidad de hacer uso de ellas para comunicarse. Supongo que fueron la llegada del progreso y la paradójicamente llamada "Era de la Comunicación" las causantes de que el abanico de posibilidades se extendiera lo suficiente como para hacer del contacto una tarea más rápida y eficaz y quedara el uso del correo acotado a asuntos meramente burocráticos y legales.

Pero yo, humilde reivindicador del romanticismo, obstinado defensor de las viejas buenas costumbres, manifiesto mi lucha con medidas de resistencia extremas. Hace algunas semanas, cerré mi cuenta de Facebook. Sí, señor. Algunos me tildan de "revolucionario". Sin embargo, aparentemente, el mundo sigue girando y ningún gobierno se ha sentido amenazado por mi subversión. Los resultados poco importan; yo me siento el Che de las redes sociales.

A partir de entonces y desde mi exilio virtual, comencé a ocupar mi tiempo libre en escribir cartas cada vez que se me presenta la oportunidad. ¿A quiénes? Elijo rigurosamente a sus destinatarios. Tienen que resultarme, por algún motivo, interesantes y sensibles. Y bien, supongo que estas características representan un buen porcentaje de la personalidad de alguien que dice trabajar para "generar ropa que enamore".

En esta búsqueda por incorporar nuevos contactos afines a mis demandas, una amiga me comentó acerca tuyo y de tu trabajo. Me resultaste un candidato por demás interesante y es por eso que me decidí a escribirte. Supongo que si llegaste a leer hasta acá es porque no me equivoqué en la elección y, por cierto, quedaría contestada así la segunda pregunta con la que abrí la carta.

En cuanto a mí, estimo que para que la presente resulte en alguna medida atractiva y su existencia aporte novedad a su destinatario, será necesario  destinar al menos un párrafo a la descripción de su autor -que no es Maradona, a pesar de que hable en tercera persona-. Además, creo que lo justo es que tengas alguna referencia mía, por pequeña que sea, para que estemos más o menos a mano, y de esta manera evalúes si el deseo de mantener el contacto es recíproco o ridículo.

Bien. Tengo una extraña fascinación por los lugares abandonados. Me gustan las charlas de café y si es invierno, suelo elegir alguna mesa que de a la calle para contemplar el paso de los friolentos transeúntes. No conozco París pero sé que es mi lugar en el mundo. También creo que Avenida Corrientes es el escenario perfecto para enamorarse y encuentro deliciosas las pequeñas siestas en el tren de vuelta del trabajo -el de las 16:35-, hundido en el asiento y con la frente pegada al vidrio, con el último sol de la tarde acariciando mis mejillas. Cuando paso por el Barrio Chino, siempre me traigo alguna tira de lucecitas navideñas que sé que me servirán para adornar alguna ocasión especial. Los chocolatines semiamargos son mi soma y no me molesta ir al teatro solo. Estudié cine pero me consideraré cineasta sólo cuando logre filmar la sutileza.

Con ese último -y único- dato concreto sobre mí, doy por concluida la descripción más imprecisa en la historia de las descripciones y te invito a que, si te atrae la idea, juegues a pensarte de la misma manera y me lo cuentes ("lo ponés en un compromiso, no seas maleducado") o no.

En fin, no se me ocurrió ningún cierre demasiado original. Pero no me importa, tengo inmunidad porque me desligué expresamente de toda estructura al comienzo de la carta. Simplemente, la responderás a la dirección del remitente si te apetece y si no, tendrás en tus manos la libertad de hacer con ella lo que te plazca. Con que la hayas leído, su misión está cumplida.

Algunas sugerencias alternativas: es un excelente elemento para equilibrar patas de mesas desparejas y su papel cumple con todos los requerimientos necesarios para armar los planeadores más precisos que se hayan conocido.

Como dijo Platón en su libro "No seré feliz pero tengo marido": "Lo dejo a tu criterio".

J.

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