domingo, 4 de agosto de 2013

La recuperación de los lugares expropiados por el amor

A veces, generalmente después de algún desengaño amoroso y el consecuente e ineludible proceso de desidealización del sujeto amado me gusta salir a perderme por la ciudad. Si es invierno, el paseo errático es doblemente provechoso. No solamente nutro a mi destrozado espíritu con deliciosas imágenes urbanas, sus gentes, sus luces, sus calles y sus cafés, sino que además, el golpe seco del viento sobre mi rostro me recuerda que estoy vivo e inhibe cualquier tentativa de llanto, como si congelara las lágrimas incluso antes de su gestación.

Y entonces me adueño de Buenos Aires. De repente, me siento amo y señor de todo lo que la compone. Como si estuviera ahí para mí, esperándome, construida con la única intensión de sanarme, recibirme cuando lo necesite. Es el momento de la resignificación de la ciudad. Me dispongo a visitar los lugares que fueron nuestros. La plaza del primer beso, el café en el que nos conocimos, tu disquería preferida... Todo está teñido de recuerdos, que dejan de ser "felices" por el mismo motivo por el que son "recuerdos". El pasto, la mesa contra la ventana, los discos que agarraste para mostrarme, el cartel del que te reíste, el colectivo que nos tomamos, el kiosko en el que compraste tus cigarrillos y todos los cigarrillos de esa marca.

Todo contaminado. Todo sucio. Todo expropiado.
El proceso es lento y doloroso pero definitivamente, necesario.

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