miércoles, 3 de septiembre de 2014

99 maneras en las que NO vas a conocer al amor de tu vida

01. Invierno. 12 horas de ayuno. Te estás yendo a hacer estudios médicos preocupacionales para EL trabajo. Te bajás del bondi y te das cuenta que perdiste la billetera. Sin DNI, no hay estudios. Sin estudios, no hay trabajo. Y tenés hambre. Mucho hambre. Pero sin billetera, no hay dinero. Y sin dinero, no hay comida. Entonces, viene él, a paso firme, caminando por Avenida Callao, con sus chupines negros y su trench azul marino. La expresión de su rostro denota un día libre de preocupaciones. Seguro vive en Barrio Norte y estudia en la UP. Lo parás, desesperado y le pedís $10 para un alfajor. Te invita un café. El primero de todos los que acompañarán toda una vida de felicidad.

02. En un boliche.

03. Viernes a la noche. Tuviste un pésimo día en el trabajo. Dos llagas en la encía no colaboran en absoluto. Te desplomás en la cama a las ocho de la noche, dispuesto a saltearte la ducha, la cena y dormir veintisiete horas seguidas. Te suena el teléfono. Como de costumbre, no atendés. Insisten. Un amigo te habla de un cumpleaños de una compañera del trabajo en un bar por San Isidro. Te negás rotundamente. Pero es justo el más denso de tus amigos, el que reevalúa su amistad ante la mínima negativa. Ha logrado sacarte de tus casillas y, sin poder explicarte cómo, cuando te querés dar cuenta, estás haciendo la fila para entrar a un bar con la música al palo. Una vez adentro, tu amigo busca a su compañera de trabajo entre la multitud. La encuentra. "¡Ahí está!" Radiante, una sonrisa Colgate, los pechos de una modelo de la agencia de Leandro Rud pero con la gracia de Grace Kelly. Tu futura mujer y la madre de tus tres hijos. Uno de ellos, puto.

04. En un boliche gay.

05. En Tinder.

06. Tres de la tarde de un martes de septiembre. Viajás en uno de los primeros asientos del colectivo, esos que están en dirección opuesta al sentido de desplazamiento del vehículo. Venís abstraída boceteando en tu cuaderno de dibujos mientras escuchás la radio por los auriculares del celular. Estás de buen humor, te pusiste esa camisita de mangas cortas que no usabas desde el verano pasado. Te sentís bien. Pasan por la radio una canción que te gusta, y te la ponés a cantar en voz bajita. Algunos minutos más tarde, justo antes de tu parada, la locutora de la radio lee el mensaje de un oyente que dice: "para la chica más linda del 184, espero que me regale el dibujo que está haciendo antes de que se baje". Levantás la mirada y ahí está él, esperándote con una sonrisa.

martes, 26 de agosto de 2014

El arte de "florerear"

Hace ya unos cuatro años que vengo explorando el mundo del modelaje publicitario. Sin embargo, cada vez que me preguntan a qué me dedico, me cuesta asumirme como modelo. Será porque tengo acumuladas unas sesenta horas de espera en castings, otras cincuenta en la cola de la Asociación Argentina de Actores para cobrar dos putos callbacks y sólo cinco segundo de pantalla en dos o tres publicidades corales en las que difícilmente se me reconoce. Superada la frustración que esta carrera por ser la nueva cara de algún producto innecesario produce en mi ego, debo admitir que, secretamente, encuentro cierto placer en ser sapo de otro pozo.

Casi siempre encaro los castings con la misma sensación que experimenta quien se cuela en un cumpleaños invitado por el amigo de un amigo que apenas conoce al homenajeado. Ajeno. Me peino frente al espejo para camuflarme y no levantar sospecha entre quienes ahora son la competencia. Si me siento lo suficientemente seguro, después de esperar quince o veinte minutos, lanzo un fuerte suspiro y balbuceo alguna queja, impaciente. No miro el reloj, eso es muy obvio.

Una vez que entro en personaje, con mis chupines más achupinados y alguna remera canchera que compré en liquidación, me entrego secretamente a la observación detenida de los especímenes que me rodean. Sus modos, el tiempo que le dedicaron a levantar ese jopo, las mochilas que guardan un par de opciones de camisas o unos tacos más altos... ¡Qué maravilloso cuando dos que se conocen se encuentran y comienzan un duelo implícito -aunque obvio- para ver cuál pegó mejores publis en el último mes o quién está encabezando el elenco de la obra más under del Abasto! A veces, con la mayor discreción posible, apunto alguna línea de diálogo para comentarla con amigos o incluirla en algún guión, aunque, claro, termino abandonándola por inverosímil.

Generalmente, las más deliciosas conversaciones se ven interrumpidas, de pronto, por el grito de tu nombre desde la sala en la que se lleva a cabo el casting. Si te toca un tipo copado, te llama por el nombre de pila. A veces, flashean Starbucks y les parece correcto apelar a algún diminutivo, como para entrar en confianza, y olvidarnos, por unos segundos, que a tu nombre completo le corresponde un número, que es el que realmente les importa.

"Jony" dice la camarógrafa-barra-directora-de-casting buena onda. No, en serio, ésta sí era buena onda. "Parate sobre la marca y presentate". Lo que sigue es bien de presidiario: perfil derecho, perfil izquierdo, manos arriba. Repiten el proceso los otros cinco y después sí, viene el llamado acting. En esta ocasión me toca personificar a un florista. Para estimularme, me ponen un delantal de florista y me acercan una mesa llena de plantas artificiales. La camarógrafa-barra-directora-de-actores me usa de ejemplo para explicarnos a todos en qué consiste el acting. Me alcanza un colorido destornillador de juguete y me da la indicación. La indicación.

"Sos un florista que está florereando con sus herramientas de florereo".

Magistral.
Elocuente.
Revelador.

Al principio no entendí muy bien a qué se refería exactamente. En cambio, mis compañeros asintieron como si se les hubiera dado una orden llana, sin necesidad de interpretación, tan específica como "abrí la puerta con la mano derecha" o "pateá la pelota con el pie izquierdo". Ellos entendieron al toque qué es florerear. A mí me tomó unos meses de averiguaciones, insomnios y reflexiones, hasta que lo comprendí.

Florerear significa "hacer de cuenta que", "inventar algo que no existe pero que el público decodifique de manera directa". Es lo obvio: un florista, florerea. El verbo contiene todas las acciones que, en el imaginario colectivo, son propias de alguien que ejerce el oficio. Se trata, en definitiva, de reforzar los lugares comunes.

Y la publicidad es, mis amigos, el oficio que más uso hace de este innovador concepto, el arte de florerear.

sábado, 26 de abril de 2014

De cierres y comienzos

Somos una sociedad pendiente del fin.

No nos gusta que nos cuenten los finales de las películas porque sentimos que nos las arruinan, como si las últimas tres escenas fueran las verdaderamente importantes. Tampoco nos preocupan demasiado los procedimientos matemáticos que hacen que X sea igual a tal o cuál número siempre que el resultado sea el correcto. Si nos juntamos a hablar con alguien, o si simplemente nos disponemos a salir de casa, es porque queremos llegar a algún lado. ¿Qué importancia puede tener el erotismo si no se alcanza el orgasmo? El segmento que empieza en un punto A siempre finaliza en uno B y ese es el fin de la cuestión.

Porque siempre que llovió, paró.
Quien mal anda, mal acaba.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Quizás sea una predisposición signada por la vida misma, que se nos es dada con fecha de caducidad impresa y guardada en alguna parte inaccesible. Tal vez la culpa la tenga la literatura, siempre atenta a los ciclos que se cierran, poniendo sus recursos a disposición de temas como la muerte, las partidas o el cese del amor -la misma muerte en otro envase de presentación-.

Pero lo que se nos escapa por estar con la mirada estúpida puesta en lo que termina, son las sensaciones que afloran de los comienzos. ¿O acaso no es emocionante el momento en el que se oscurece la sala y los primeros haces de luz se proyectan sobre el lienzo blanco de la pantalla? Es innegable la adrenalina que experimentamos, cuando niños, el último domingo de las vacaciones de verano previo al comienzo de un nuevo año escolar. ¡Qué maravillosa e indescriptible experiencia la de los enamorados que empiezan una relación!

Es hora de que comprendamos que aunque el alba y el ocaso representen dos momentos diferentes del día, es el mismo Sol el que los produce y que, inevitablemente y en forma cíclica, a cada noche le sucede un nuevo día. Eternamente.

Porque al que madruga, Dios lo ayuda.
Y lo mejor está por venir.