sábado, 26 de abril de 2014

De cierres y comienzos

Somos una sociedad pendiente del fin.

No nos gusta que nos cuenten los finales de las películas porque sentimos que nos las arruinan, como si las últimas tres escenas fueran las verdaderamente importantes. Tampoco nos preocupan demasiado los procedimientos matemáticos que hacen que X sea igual a tal o cuál número siempre que el resultado sea el correcto. Si nos juntamos a hablar con alguien, o si simplemente nos disponemos a salir de casa, es porque queremos llegar a algún lado. ¿Qué importancia puede tener el erotismo si no se alcanza el orgasmo? El segmento que empieza en un punto A siempre finaliza en uno B y ese es el fin de la cuestión.

Porque siempre que llovió, paró.
Quien mal anda, mal acaba.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Quizás sea una predisposición signada por la vida misma, que se nos es dada con fecha de caducidad impresa y guardada en alguna parte inaccesible. Tal vez la culpa la tenga la literatura, siempre atenta a los ciclos que se cierran, poniendo sus recursos a disposición de temas como la muerte, las partidas o el cese del amor -la misma muerte en otro envase de presentación-.

Pero lo que se nos escapa por estar con la mirada estúpida puesta en lo que termina, son las sensaciones que afloran de los comienzos. ¿O acaso no es emocionante el momento en el que se oscurece la sala y los primeros haces de luz se proyectan sobre el lienzo blanco de la pantalla? Es innegable la adrenalina que experimentamos, cuando niños, el último domingo de las vacaciones de verano previo al comienzo de un nuevo año escolar. ¡Qué maravillosa e indescriptible experiencia la de los enamorados que empiezan una relación!

Es hora de que comprendamos que aunque el alba y el ocaso representen dos momentos diferentes del día, es el mismo Sol el que los produce y que, inevitablemente y en forma cíclica, a cada noche le sucede un nuevo día. Eternamente.

Porque al que madruga, Dios lo ayuda.
Y lo mejor está por venir.