martes, 26 de agosto de 2014

El arte de "florerear"

Hace ya unos cuatro años que vengo explorando el mundo del modelaje publicitario. Sin embargo, cada vez que me preguntan a qué me dedico, me cuesta asumirme como modelo. Será porque tengo acumuladas unas sesenta horas de espera en castings, otras cincuenta en la cola de la Asociación Argentina de Actores para cobrar dos putos callbacks y sólo cinco segundo de pantalla en dos o tres publicidades corales en las que difícilmente se me reconoce. Superada la frustración que esta carrera por ser la nueva cara de algún producto innecesario produce en mi ego, debo admitir que, secretamente, encuentro cierto placer en ser sapo de otro pozo.

Casi siempre encaro los castings con la misma sensación que experimenta quien se cuela en un cumpleaños invitado por el amigo de un amigo que apenas conoce al homenajeado. Ajeno. Me peino frente al espejo para camuflarme y no levantar sospecha entre quienes ahora son la competencia. Si me siento lo suficientemente seguro, después de esperar quince o veinte minutos, lanzo un fuerte suspiro y balbuceo alguna queja, impaciente. No miro el reloj, eso es muy obvio.

Una vez que entro en personaje, con mis chupines más achupinados y alguna remera canchera que compré en liquidación, me entrego secretamente a la observación detenida de los especímenes que me rodean. Sus modos, el tiempo que le dedicaron a levantar ese jopo, las mochilas que guardan un par de opciones de camisas o unos tacos más altos... ¡Qué maravilloso cuando dos que se conocen se encuentran y comienzan un duelo implícito -aunque obvio- para ver cuál pegó mejores publis en el último mes o quién está encabezando el elenco de la obra más under del Abasto! A veces, con la mayor discreción posible, apunto alguna línea de diálogo para comentarla con amigos o incluirla en algún guión, aunque, claro, termino abandonándola por inverosímil.

Generalmente, las más deliciosas conversaciones se ven interrumpidas, de pronto, por el grito de tu nombre desde la sala en la que se lleva a cabo el casting. Si te toca un tipo copado, te llama por el nombre de pila. A veces, flashean Starbucks y les parece correcto apelar a algún diminutivo, como para entrar en confianza, y olvidarnos, por unos segundos, que a tu nombre completo le corresponde un número, que es el que realmente les importa.

"Jony" dice la camarógrafa-barra-directora-de-casting buena onda. No, en serio, ésta sí era buena onda. "Parate sobre la marca y presentate". Lo que sigue es bien de presidiario: perfil derecho, perfil izquierdo, manos arriba. Repiten el proceso los otros cinco y después sí, viene el llamado acting. En esta ocasión me toca personificar a un florista. Para estimularme, me ponen un delantal de florista y me acercan una mesa llena de plantas artificiales. La camarógrafa-barra-directora-de-actores me usa de ejemplo para explicarnos a todos en qué consiste el acting. Me alcanza un colorido destornillador de juguete y me da la indicación. La indicación.

"Sos un florista que está florereando con sus herramientas de florereo".

Magistral.
Elocuente.
Revelador.

Al principio no entendí muy bien a qué se refería exactamente. En cambio, mis compañeros asintieron como si se les hubiera dado una orden llana, sin necesidad de interpretación, tan específica como "abrí la puerta con la mano derecha" o "pateá la pelota con el pie izquierdo". Ellos entendieron al toque qué es florerear. A mí me tomó unos meses de averiguaciones, insomnios y reflexiones, hasta que lo comprendí.

Florerear significa "hacer de cuenta que", "inventar algo que no existe pero que el público decodifique de manera directa". Es lo obvio: un florista, florerea. El verbo contiene todas las acciones que, en el imaginario colectivo, son propias de alguien que ejerce el oficio. Se trata, en definitiva, de reforzar los lugares comunes.

Y la publicidad es, mis amigos, el oficio que más uso hace de este innovador concepto, el arte de florerear.

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